Yo pudiera
estar como tú, sentado una noche de la semana en cualquier bar tomándome otro
trago. Podría explicártelo mil veces y quizás nunca lo entendieras, hasta llegar
desperdiciar el tiempo de mi vida intentando tan frustrante acto, pero no.
Por eso
he preferido esconderme, invadiendo tu
mente como si estuviese espiando tus pensamientos desde afuera de la ventana de
tu cerebro, observando calladamente y recordando cómo es cada quien y como
somos.
Quizás
sienta que es su culpa, que no puedan escucharse entre ustedes mismos, o por lo
menos eso sería lo más sensato de pensar. Por eso eventualmente y luego de
analizar objetivamente me he dado cuenta que simplemente estaba siendo aburrido
y paranoico, ese era el problema.
Pero
aún en el aislado refugio del conocer puedes tener la fortuna de cruzarte con
gente que puede decirse que es autentica, que no necesitan demostrarle a nadie más
lo mucho que son porque simplemente no viven de la apariencia mundana que
regodea a los faltos de sentimientos profundos y quizás a los que aún más,
tienen la virtud del contacto espiritual con la luz interna de su serenidad.
Luego
en el otro costado se encuentra aquel que dice ser “él mismo” y planea llevar
su vida a su modo como si fuese un gran logro estar lleno de cobardía y
sedentarismo mental, de fatiga cotidiana y de rutinarismo sociológico, mas que
ellos mismos se han vuelto zombis que caminan hacia allá, sin importar el destino.
Ese es
el momento en el que todos llegamos al contacto con nuestra verdad e intentamos
preguntarnos a nosotros mismo, ¿quiénes somos? Allí es cuando algunos nunca logran
conocer el saber de la respuesta. Y cuando otros habidos en su esencia pueden
entender el motivo a su existencia.
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