Allí está
ella, como de treinta y tantos o unos cuantos cuarentas, sentada en la calle,
sucia y con una cola vieja que le sujeta el cabello medio despeinado y grasoso,
evitando así que se derrame por toda su cara, quitándole esa poca dignidad que aún
conserva, unas cuantas bolsas plásticas a su alrededor le dejan ver sus pocas
pertenencias que imagino debe trasladar a donde quiera moverse porque no creo
que tenga un techo fijo donde refugiarse en la noche.
En ese momento
mil preguntas me invaden: ¿Como una persona que quizás estuvo en algún lugar
diferente ahora se encuentra en la calle? ¿Serían los vicios? ¿Conflictos
personales? ¿Alguien la estafó? Pobre de esa mujer, al verla no parece que haya
vivido desde siempre en la calle. Me la puedo imaginar vestida de traje
ejecutivo, de esos de chaqueta y falda, quizás trabajando para algún banco, de
secretaria de algún renombrado abogado; quizás madre, quizás esposa, quizás
amante del alcohol que le arrebató la felicidad sorbo a sorbo, que se yo, no la
conozco suficiente para poderla juzgar, es más, yo no la puedo juzgar.
Simplemente
siento lastima y curiosidad al ver a esta persona marchita que tiene la
potencia de ser algo más que una indigente tirada a un costado de la calle,
observando como todos le pasan por al lado tratando de esquivarla, de evitarla,
de hacer la vista gorda e ignorarla, haciéndola sentir aún mas rechazada de lo
que ayer se podía sentir, execrada de la sociedad por sus errores. Conservando
la clase extinta en los retazos de una falda larga un poco desteñida, con
trazos de segunda y tercera mano.
¿Será que ya
comió? ¿Tendrá donde bañarse? ¿Cómo puedo ayudarla si ella no pide ayuda?, la
veo simplemente sentada, como acostumbrada a esperar nada, harta de que la
ignoren y la humillen, ¿le ofrezco mi ayuda para mover sus bolsas hasta la
próxima esquina donde vaya?
¿Por qué me
preocupo tanto si ni siquiera sé quién es?, ¿y si es una delincuente, y sus
cómplices están escondidos y me quieren robar? Está simplemente esperando la
mejor víctima, aunque no tiene cara de ladrona, es más bien como una estatua a
la desidia. ¿Culpa mía, culpa de ella, culpa del que la gobierna, culpa de
quien se deja gobernar?
Ya estamos
casi cerca, ¿Qué le voy a decir? ¿Cómo la voy a abordar?, ella voltea sin mirarme, yo la miro sin voltearme,
se da cuenta que la veo, sube la cara y me mira, como medio segundo después,
luego de no poder conciliar ninguna oración para ofrecerle consuelo, volteo
hacia otro lado, ella también voltea, no la veo, no me ve, sigo de largo y ella
también, pobre vida, pobre de ella, pobre de mí, pronto nos veremos otra vez,
ella en su vida, yo en la mía, conectados por el camino y segregados por
nosotros mismos.
Allá se
marchita ella en la acera, yo poco a poco la olvido, algún día la volveré a
ver, algún día la ayudaré. Atrás queda la señora de la calle… Atrás queda la
señora de la calle.





